Opinión: ¿Qué te pasa, mi Argentina?
08/05/2026
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Por: Lautaro Ojeda
Hay preguntas que no nacen del enojo, sino del dolor.
Y esta es una de ellas: ¿qué te pasa, mi Argentina?
¿Qué nos pasa como país que, teniendo todo para ser una potencia mundial, seguimos caminando entre el desorden, la desconfianza, la improvisación y la sospecha permanente?
No escribo estas líneas como una crítica liviana al Gobierno Nacional. Tampoco como una defensa de los gobiernos anteriores. Las escribo como argentino, como joven, como alguien que en sus 32 años vio a un país enorme, rico, bendecido por la naturaleza, por el talento de su gente y por su capacidad productiva, caer una y otra vez en los mismos errores.
Argentina parece condenada a discutir siempre desde los extremos.
Vamos de la izquierda a la derecha, del estatismo absoluto al rechazo total del Estado, de la esperanza ciega a la decepción profunda. Pero pocas veces logramos algo mucho más importante: un rumbo serio, sostenido y común.
Nos prometieron muchas veces que esta vez sería distinto.
Nos prometieron orden.
Nos prometieron transparencia.
Nos prometieron que la casta se terminaba.
Nos prometieron que venían a salvarnos de los vicios de siempre.
Y sin embargo, cuando aparecen sospechas, denuncias, escándalos o explicaciones que no alcanzan, el argentino vuelve a sentir ese cansancio viejo, esa sensación amarga de que la historia se repite con distintos nombres, distintos colores y distintos discursos.
Entonces uno se pregunta otra vez:
¿Qué te pasa, mi Argentina?
¿Por qué nos cuesta tanto progresar?
¿Por qué un país capaz de alimentar al mundo tiene familias que no llegan a fin de mes?
¿Por qué un país con campo, industria, energía, conocimiento, universidades, jóvenes preparados y trabajadores incansables vive discutiendo siempre cómo sobrevivir en vez de discutir cómo crecer?
Duele verte así, Argentina.
Duele verte dividida.
Duele verte agotada.
Duele ver que muchas veces lo único que nos une de verdad es una camiseta, un Mundial, una final, un gol gritado entre lágrimas. Ahí sí nos abrazamos todos. Ahí sí dejamos de preguntarnos de qué partido es el otro. Ahí sí somos argentinos antes que cualquier otra cosa.
Pero después vuelve la pelea.
Vuelve la grieta.
Vuelve la sospecha.
Vuelve el “ellos contra nosotros”.
Y mientras tanto, el país real sigue esperando.
Espera el productor que se levanta antes de que salga el sol.
Espera el comerciante que no sabe si podrá pagar los impuestos.
Espera el joven que quiere quedarse, pero siente que el futuro está en otro lado.
Espera el trabajador que cumple, que se esfuerza y que cada mes siente que la vida se le hace más cuesta arriba.
Y ahí la pregunta vuelve, más fuerte que nunca:
¿Qué te pasa, mi Argentina?
No podemos seguir creyendo que cada elección es una refundación total del país. No podemos destruir todo cada cuatro años. No podemos pensar que el que piensa distinto es un enemigo. No podemos aceptar que la corrupción, el acomodo, la soberbia o la falta de explicaciones sean parte natural de la política argentina.
Argentina no necesita más salvadores.
Argentina necesita dirigentes serios.
Necesita instituciones fuertes.
Necesita producción.
Necesita educación.
Necesita trabajo.
Necesita orden, pero también sensibilidad.
Necesita libertad, pero también responsabilidad.
Necesita discutir menos consignas y construir más futuro.
Porque este país no está condenado al fracaso.
Lo que está agotado no es la Argentina.
Lo que está agotado es la forma en la que venimos haciendo las cosas.
Tenemos tierra.
Tenemos talento.
Tenemos recursos.
Tenemos historia.
Tenemos cultura del trabajo.
Tenemos jóvenes con ganas.
Tenemos productores, emprendedores, profesionales, docentes, médicos, obreros, comerciantes y familias enteras que todos los días hacen patria en silencio.
Entonces no, Argentina no está perdida.
Pero necesita mirarse de frente.
Necesita dejar de mentirse.
Necesita recuperar un rumbo.
Por eso la pregunta no es solo para los gobernantes.
También es para nosotros, como sociedad.
¿Qué te pasa, mi Argentina?
¿Por qué te cuesta tanto ordenarte?
¿Por qué te cuesta tanto unirte?
¿Por qué te cuesta tanto creer en vos misma?
A mí me duele verte así.
Y sé que a vos, que estás leyendo esto, también te duele. Muchísimo.
Pero quizás ese dolor todavía sea una señal de esperanza.
Porque cuando algo duele, es porque todavía importa.
Y Argentina todavía nos importa.
Todavía estamos a tiempo de dejar de gritar y empezar a construir.
Todavía estamos a tiempo de cambiar la resignación por compromiso.
Todavía estamos a tiempo de entender que el futuro no se improvisa: se trabaja, se ordena y se defiende todos los días.
Que te pasa, mi Argentina…
Ojalá la respuesta sea, de una vez por todas, que estamos despertando.
Lautaro Oscar Ojeda Tonelli


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